Friday, January 16, 2009

LUCHANDO DE RODILLAS

Todo verdadero Calvinista es un hombre y mujer de oración. Si no lo es, entonces no ha comprendido bien la Soberanía de Dios. Voy a explicar el porqué digo esto de la siguiente manera: Si Dios tiene en control todas las cosas incluyendo la voluntad y las decisiones de las personas, entonces la oración tiene sentido y es imprescindible que oremos e intercedamos por los perdidos. Pero si creemos que Dios no tiene el control sobre las decisiones del ser humano, como tampoco tiene el poder para quebrar la voluntad obstinada y cambiar el corazón endurecido, entonces nuestras oraciones serían nada más que una simple práctica piadosa.

Esto lo digo debido a que he escuchado demasiadas veces por algunos cristianos sinceros y bienintencionados la frase que dice: “Dios es un caballero, El no puede obligarte a hacer algo que tu no desees hacer”. Esto me hace recordar de una anécdota que le escuché a Phil Johnson en una de sus enseñanzas. El cuenta que tuvo una experiencia inolvidable cuando asistía a la escuela dominical en una iglesia perteneciente a una denominación liberal aquí en la ciudad de Tulsa. Dice que el maestro de escuela dominical enfatizaba domingo tras domingo esa frase que dice que Dios no puede hacer nada sin que tú se lo permitas, que Dios no puede “violar” tu libre albedrío porque si lo viola, eso sería algo inhumano.

Pero cierto domingo, después de repetir su acostumbrada frase, un joven se levantó y le preguntó interrogando al “sabio” maestro: “Si Dios no puede hacer nada sin que nosotros se lo permitamos, ¿Entonces para que oramos para que El salve a nuestros familiares inconversos? ¿Acaso eso no es pedirle a Dios que viole sus libres albedríos?” Johnson dice que el maestro se quedó pensando y se podía ver en su rostro un gesto como si se hubiera enfrentado a algo totalmente desconocido. Después de varios segundos de pensarlo, le contesta al joven: “Tienes razón, desde hoy en adelante no volveremos a orar más para que Dios salve a sus familiares inconversos”.

Como podemos ver, ese maestro no había comprendido la soberanía de Dios sobre todas las cosas, incluidas las decisiones humanas. Todo creyente que ora y que intercede por sus familiares y amigos inconversos, lo hace porque sabe que Dios tiene el poder para quebrar sus voluntades y ablandar sus endurecidos corazones. Si no fuera así, ¿entonces para que orar por ellos? ¿Para qué invertir nuestro tiempo llorando y suplicando ante el Trono de la gracia por nuestros seres queridos que no lo conocen, si Dios no puede hacer nada por ellos sin que ellos se lo permitan?

Pero hay otros creyentes que creen que nuestras oraciones no deben ser para pedirle a Dios que salve a los inconversos, sino para que Dios les pueda dar más oportunidades para que recapaciten y se vuelvan por sí mismos a Dios. Esto por supuesto no tiene cual ninguna base escritural. Nuestras oraciones no son para que Dios le dé más oportunidad al pecador, sino para que quebrante su corazón, para que quiebre su voluntad rebelde y obstinada y lo salve. ¿Por qué hacemos esto? Porque sabemos que Dios es soberano y que Él tiene un control absoluto sobre los corazones y voluntades de los impíos. Esa es la verdad que encontramos una y otra vez en las Escrituras.

Es por eso que los Calvinistas deberíamos ser los “campeones de la oración” debido a que hemos comprendido algo que los creyentes arminianos no han comprendido. Pero tal parece que últimamente ha sido al revés: los creyentes Arminianos son los que han sido los campeones de la oración, aún cuando ellos no han comprendido la soberanía de Dios tal como la Biblia lo enseña. Charles Spurgeon quien fuera un Calvinista de 5 puntos, comprendió muy bien la importancia de la oración. En su famosa obra “Discursos a mis estudiantes”, Spurgeon escribió lo siguiente:

“El predicador se distingue sobre to­dos los demás, como un hombre de oración. Ora como un cristiano común, de lo contrario sería un hipócrita. Ora más que los cristianos comunes, de lo contrario estaría incapacitado para el desempeño de la tarea que se le ha encomendado….Sobre todas sus otras prioridades, la preeminencia de la responsabilidad del pastor derrama la luz de un halo, y si es sincero para con su Señor, se hace distinguir por su espíritu de oración en todas ellas. Como ciudadano, su país tiene en él la ventaja de su intercesión. Como vecino, todos aquellos a quienes su sombra cobija, son recor­dados en sus oraciones. Ora como marido y como padre. Se esfuerza en hacer de las devociones de su familia, un modelo que presentar a su rebaño. Y si el fuego propio del altar de Dios, tiene que bajar de allí para arder en alguna otra parte, se halla bien atendido en la casa del siervo escogido del Señor, porque él cuida de que tanto el sacrificio matutino como el vespertino, santifiquen su morada”.

Daviel D’Paz

1 comment:

sammy said...

Estupenda nota.
La clave de la verdadera salvación, la da aquella persona que ora. No importa cuándo, dónde y cómo. Ora.
La oración no es respondida por quién ora, porque la persona que ora sabe que necesita orar. Es, entonces, una persona en necesidad. Ora porque necesita que la sangre de Cristo le limpie de todos sus pecados; o porque enfrenta , dificultades, tentaciones, oposición o enfermad; o porque tiene ante sí perspectivas laborales, profesionales o empresariales y desea hacer sólo lo que agrada a Dios; o porque siente un fervor imposible de acallar que le llama a llevar el mensaje de Jesucristo a todo el mundo, y se siente indigno o incapaz. No es quién ora lo importante; sino a quién oramos. El nacido del Espíritu sabe que ora a su Padre eterno, gracias a su amor infinito demostrado en su Hijo Jesucristo. Ora, porque si no lo hiciera estaría desaprovechando el arma más poderosa con la que cuenta para prevalecer en la prueba y vencer la tentación. Orar es un acto de suprema humildad. El que ora y es escuchado por Dios, es aquél que reconoce su verdadera condición frente al Todopoderoso, sabe que es menesteroso. Hay oraciones que le ordenan a Dios hacer tal o cual cosa. Son instrucciones, antes que oraciones. He escuchado oraciones que parecen salir de la boca de un coronel arengando a sus soldados. Orar es someterse a la autoridad divina: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Muchas de las oraciones que se hacen en otras lenguas, con gritos e imprecaciones, no sólo no son oraciones, sino que afrentan al Dios tres veces santo que nos revela la Biblia. Es bueno juntarse para orar. Sobre todo si se juntan muchos que practican la oración a solas con Dios. Así podrán ayudar a quienes aún no tienen esa práctica. La oración piadosa no contagia envidia sino piedad. Necesitamos gente que ore, hoy más que nunca, porque hay más habitantes en el planeta y porque queda muy poco tiempo de Gracia.